Enrique Echeburua: “En los últimos años se ha creado una conciencia social contraria a la aceptación del maltrato”

Enrique Echeburúa

Enrique Echeburua: “En los últimos años se ha creado una conciencia social contraria a la aceptación del maltrato”

El sábado 24 de noviembre las Jornadas celebrarán la mesa redonda “Protección efectiva” en la que participará, entre otros, el psicólogo Enrique Echeburúa, galardonado recientemente con el Premio Euskadi de Investigación 2017 por llevar “toda una vida investigadora y por ser precursor de la investigación en temas sociales”, tal y como aseguró el lehendakari Iñigo Urkullu al entregarle el premio. Hemos hablado con él.

¿Por qué considera relevante este tipo de Jornadas?
Considero que la violencia contra la mujer no es solo un problema de salud pública, sino también un problema de derechos humanos. En 2015, según la macroencuesta cuatrianual de Violencia contra la Mujer del CIS en España, por encargo del Ministerio de Sanidad, con entrevistas en persona a 10.171 mujeres, el 12,5% de las mujeres españolas mayores de 16 años  declararon haber sufrido malos tratos por parte de su pareja o expareja alguna vez en su vida. Y esta cifra casi se duplicó en el caso de las mujeres con discapacidad.

Además, el 67,8% de las víctimas nunca lo han denunciado; y de las que lo hicieron, un 20,9% retiraron las denuncias. Pero lo que es aún más significativo es que casi una de cada cuatro mujeres maltratadas (23,4%) continuó la relación pese al maltrato. Y un factor agravante es que el 63% de los hijos presenció episodios de violencia.

El pasado mes de junio recibió el “Premio Euskadi de Investigación” del Gobierno Vasco por ser, según el lehendakari Iñigo Urkullu, “un precursor en temas sociales que hoy son de gran actualidad” ¿Qué ha supuesto para usted este reconocimiento?
Debo confesar que es el galardón que más feliz me ha hecho en mi vida profesional por tratarse del premio de mayor prestigio en Ciencias Sociales y Humanidades de Euskadi. Es la consideración a toda una vida investigadora; es un reconocimiento obtenido en casa, es decir, en el País Vasco, en donde he desempeñado todo mi quehacer profesional; supone un espaldarazo a la psicología como profesión y como ciencia; y se me concede cuando estoy aún en plena actividad laboral, con ilusión y con proyectos en marcha.

¿En qué ha cambiado, desde que comenzó a trabajar en el campo de la psicología en los 70-80, la perspectiva de la sociedad con respecto a la violencia de género?
La violencia de género, que va más allá de la violencia contra la pareja (porque incluye la violencia sexual, el acoso sexual, la trata de personas, la prostitución forzada, etcétera) ha cambiado considerablemente porque ha adquirido una visibilidad y se han conseguido unas medidas de protección que antes no existían.

Ni los casos de maltrato han aumentado ni se trata de una epidemia moderna. Sin embargo, se ha producido un hecho de sensibilización social frente a esta realidad que ha supuesto una mayor difusión del problema por parte de los medios de comunicación, una toma de conciencia por parte de las autoridades, una alerta de la opinión pública y una actitud de rechazo por el conjunto de la sociedad (especialmente de las mujeres). La violencia doméstica contra la mujer no es precisamente un mal de nuestro tiempo. Pero ahora más que nunca, la sociedad tiene conciencia de que existe y de que no debe ocultarse como un asunto privado por una mal entendida razón de familia.

La Ley Integral contra la Violencia de Género (1/2004) ha elevado el nivel de protección de las mujeres, ha ayudado a muchas a superar su situación traumática e, incluso, ha podido evitar no pocas muertes. La violencia machista ha dado el gran salto de lo privado a lo público. También ha evidenciado el profundo enraizamiento social del mal, sus condicionamientos familiares y sociales y la dificultad para combatirlo solo con medidas legislativas. Uno de los logros es el aumento de denuncias.

En esta Ley se concentran todas aquellas soluciones que deben desplegarse desde distintos ámbitos de la sociedad: educativas, preventivas, sanitarias, además de las medidas sociales, asistenciales, de recuperación social para las víctimas y de reinserción social de los agresores.

En los años 80-90 eran un éxito en la televisión sketches humorísticos como el del Dúo “Martes y Trece”, quienes en 1991 protagonizaron uno titulado “Mi marido me pega”. Este “chiste” apenas provocaba críticas en la sociedad. ¿Cómo es posible que entonces la sociedad no dijera nada?
En primer lugar, porque se consideraba que la violencia contra la mujer  en el matrimonio (e incluso en el noviazgo) era un asunto privado que afectaba al interior del hogar, adonde no tenían acceso la policía ni los jueces (salvo en situaciones extremas) y, en segundo lugar, porque se vivía en una sociedad machista en donde la superioridad del hombre, que ocupaba puestos laborales más relevantes y tenía más poder económico, no se ponía en cuestión. Ha sido la reacción de una sociedad igualitaria (y, sobre todo, la reacción de las propias mujeres) la que ha producido un profundo cambio social al respecto y una consideración de intolerables a conductas que antes se consideraban normales (ahí está el movimiento “Me Too”, por ejemplo).

¿Cuándo considera que en la sociedad se dio el cambio para entender que la violencia de género era un problema real? ¿Las instituciones lo entendieron a la vez?
Desde el asesinato de Ana Orantes, quemada viva por su exmarido en 1997 días después de haber aparecido en  TV (Canal Sur) explicando su vivencia de maltrato, se ha visibilizado en los medios de comunicación la violencia de género. Este asesinato marcó un punto de inflexión en la sensibilidad de la sociedad española. Poco antes de finalizar su estancia en prisión, el maltratador acabó con su vida, suicidándose. Uno de sus ocho hijos fue acusado en 2005 de golpear a su esposa. Otro hito importante fue la aprobación de la Ley Integral de Violencia de Género en 2004.

En general, las instituciones van por detrás de la sociedad, pero la reacción generalizada de las mujeres está produciendo cambios muy importantes a nivel legislativo y político respecto a la equiparación de salarios, el énfasis en lo que supone la libertad sexual, la lucha contra la discriminación por razón de sexo, la inversión en campañas de prevención, etcétera.

El papel positivo es destapar un fenómeno oculto, alertar de una realidad inadmisible y contribuir a crear una conciencia social contraria a la aceptación del maltrato. Son aspectos positivos la sensibilización social y la invitación a la reflexión personal. Lo invisible no existe: los violentos se amparan en el silencio.

El título de su conferencia es “¿Por qué y cómo hay que tratar psicológicamente a los hombres violentos contra la pareja?”.  ¿Es posible tratar a los hombres violentos contra la pareja? Lo pregunto porque entiendo que dependerá en gran medida de la voluntad que tengan los hombres a ser tratados, ¿no?
Tratar a un agresor no significa considerarle no responsable. Es una falsa disyuntiva considerar al hombre violento como malo, en cuyo caso merece las medidas punitivas adecuadas, o como enfermo, necesitado entonces de un tratamiento médico o psicológico. Muchos hombres violentos son responsables de sus conductas y deben hacer frente a esa responsabilidad, pero presentan limitaciones psicológicas importantes en el control de los impulsos, en el abuso de alcohol, en su sistema de creencias, en las habilidades de comunicación y de solución de problemas, en el control de los celos, etcétera.

Tratar psicológicamente a un maltratador es hoy posible, sobre todo si el sujeto  asume la responsabilidad de sus conductas y cuenta con una mínima motivación para el cambio. Al margen de las diversas funciones que se atribuyen a las medidas penales -retributiva, ejemplarizante y protectora de la sociedad-, no se puede prescindir de su función prioritaria de reeducación y reinserción social del infractor, según establecen el artículo 25.2 de la Constitución y el artículo 1 de la Ley General Penitenciaria.

Si se aboga solo por las medidas coercitivas con el agresor, se comete otro error. El ejercicio de la violencia física o psíquica habitual, según el artículo 173 del Código Penal, es un delito que está castigado con una pena que oscila entre 6 meses y 3 años de prisión. Ello quiere decir que el maltratador, por lo general, o bien no entra en prisión (las penas de menos de 2 años -o de 3, si es un toxicómano o alcohólico- impuestas a un delincuente primario suelen ser objeto de suspensión condicional), o, si resulta encarcelado, lo es por un corto periodo. En uno y otro caso el agresor se muestra irritado y aumenta el riesgo de repetición de las conductas violentas contra la pareja o de extensión de la misma a los hijos. Además, si se produce una separación o divorcio y el agresor se vuelve a emparejar, se puede predecir que va a haber, más allá del enamoramiento transitorio, una repetición de las conductas de maltrato con la nueva pareja. Por ello, la prevención de futuras víctimas también hace aconsejable el tratamiento psicológico del agresor, siempre que el maltratador muestre una mínima motivación para el cambio.

¿Cuándo se da cuenta un hombre de que necesita ayuda porque no puede controlar su ira con su mujer?
Algunos maltratadores tienen momentos de lucidez y se percatan del sufrimiento que generan a las víctimas, que, además, en muchos casos son las madres de sus hijos. Esta situación, o la denuncia por parte de la mujer o el rechazo por parte de los hijos son algunas de las motivaciones que pueden llevarles a buscar ayuda, cuando se dan cuenta de la gravedad del problema y de que no pueden resolverlo por sí mismos. El reproche social actual hacia estas conductas y el riesgo de sanciones penales son otras motivaciones adicionales.

¿Qué quiere explicar y hacer ver al público durante su ponencia?
Que el maltrato es un fenómeno complejo que no surge repentinamente, que la mujer debe percatarse de las señales de alarma que indican una progresión de la violencia para buscar ayuda de forma inmediata y que hay que dar una oportunidad de tratamiento, bien en prisión, bien en un entorno ambulatorio, a los hombres que se han mostrado violentos para prevenir nuevas agresiones y para darles la oportunidad de cambiar su conducta ante el futuro, especialmente si se trata de personas jóvenes y que han tomado conciencia del problema que tienen.

¿Llegará el día en el que hablar de violencia de género suene a algo pasado que está ya solucionado?
Probablemente no porque la violencia en general (y contra la mujer en general) es un fenómeno universal que se dado en todas las culturas y momentos históricos. De la misma manera que no se va a acabar por completo con el cáncer, los accidentes de tráfico o el suicidio hay que tomar las medidas adecuadas para reducir la violencia de género a su mínima expresión. Ni siquiera los países más avanzados en la igualdad de género, como los escandinavos, han conseguido una violencia cero. Ello no quiere decir que haya que invertir medios, campañas de prevención, centros de tratamiento a las víctimas y programas de rehabilitación a los agresores para conseguir reducir esta lacra social lo más posible y ofrecer todo tipo de ayudas a las víctimas afectadas.